La odisea del reloj Rolex, viajero, de Raquel
“Eh, bueno, tuvimos un episodio…”, así comenzaba la historia de un viaje que parecía de postal: Aruba, paisajes espectaculares, hoteles de lujo y cero contratiempos… hasta que llegó el momento avión.
La protagonista y su compañero venían de Aruba, con escala en Panamá rumbo a Santiago. Entre maletas y apuros, había un detalle importante: en la muñeca llevaba un reloj Rolex comprado en Dubái por sus 60 años, su joya más querida.
“Corrimos, corrimos y justo vemos la puerta… pero antes había un control nuevo. Y ahí, la niña me dice, que me quite todas las cosas para pasar por el detector de metales: ‘El Rolex también’”.
Obediente, Raquel lo guardó en su cartera junto al pasaporte. Pero la revisión no fue normal: “Palmas arriba, palmas abajo, levante el pie, baje el pie… nunca me habían revisado tanto”. Finalmente, subió al avión. Minutos después, la inocente pregunta: “¿Cuántas horas tenemos a Santiago?”… y la tragedia: el reloj no estaba.
“José, me robaron el Rolex. No, a lo mejor lo metiste en otra parte.¡José, me robaron el Rolex!”
Sin pensarlo, decidió bajarse del vuelo para buscarlo. La multa por hacerlo… milagrosamente no se cobró, gracias a un contacto “muy importante” en Panamá.
Junto a su aliado, el periodista Pablo Galleguillo, exigió ver las cámaras. No las mostraron, pero un funcionario comenzó a revisar bandejas como si cazara un tesoro.
Hasta que la frase mágica apareció: “Ahí se ve un reloj”. “Me tiritaba todo, pero yo nunca lloré… digna, exigiendo”, recuerda. Reloj en mano, decidieron celebrar en el mejor restaurante de la ciudad: “Me tomé dos tragos como si fueran agua mineral”.
La moraleja llegó servida: “Nunca más voy a viajar con cosas caras”. Hoy, su reloj de batalla vale $60, es de plástico… y, según dice entre risas, ideal para que “cuando los delincuentes me vean con un reloj, es plástico”.
Porque, aunque la historia terminó bien, quedó claro que en los aeropuertos hay que correr… pero también mirar muy bien la bandeja.