La carga mental existe, agota y muchas veces pasa desapercibida. Se manifiesta en esa sensación constante de tener demasiadas cosas abiertas en la cabeza, como si el cerebro funcionara con múltiples ventanas activas al mismo tiempo. Durante años, muchas mujeres creyeron —y les hicieron creer— que eran naturalmente multitaskers. Sin embargo, esa idea no solo resulta falsa, sino también dañina.
El cerebro humano no se enfoca realmente en varias tareas a la vez. Lo que hace es saltar rápidamente de una a otra, gastando energía en cada cambio. Aun así, las mujeres suelen manejar, responder mensajes, planificar el día, pensar en la casa y resolver problemas al mismo tiempo. Técnicamente lo logran, pero el costo aparece después: cansancio cognitivo, desgaste emocional y una sensación permanente de saturación.
Esta sobrecarga no surge de la nada. En Chile, las estadísticas muestran que las mujeres asumen mayoritariamente el rol de cuidadoras, jefas de hogar y responsables de la organización familiar. Desde planificar las comidas hasta coordinar cuidados, visitas, celebraciones o compras, todo ocurre en su mente. Incluso cuando delegan, deben supervisar, explicar y corregir, lo que termina siendo igual o más agotador.
La carga mental también se refleja en situaciones cotidianas: organizar una comida, ser anfitriona, anticiparse a lo que falta, reaccionar ante imprevistos y sostener la logística completa mientras otros simplemente disfrutan el momento. No es que a las mujeres no les guste hacerlo; muchas veces lo disfrutan. Lo que cansa es hacerlo solas, sin reconocimiento y sin que el resto vea todo lo que ocurre detrás.
Con el paso del tiempo, este desgaste se acumula. No solo impacta la vida diaria, sino también la salud cognitiva y emocional en la vejez. Reconocer la carga mental no busca culpar, sino visibilizar. Nombrarla es el primer paso para repartirla mejor y dejar de normalizar un cansancio que no debería ser permanente.